VIAJAR A ISLANDIA: DÍA 4. LA PRIMERA VEZ QUE VI UN GLACIAR

¿Alguna vez habéis sentido la sensación de estar en el lugar y el momento adecuado? Parece que esas líneas paralelas que forman el presente y la realidad personal en la que vives se juntan durante un mínimo instante y, sorpresa: un escalofrío, piel erizada, te sientes más vivo que nunca. Si pudiéramos explicarlo con una metáfora, sería la siguiente: es aquel momento en el que el reloj marca las doce o el lugar donde las dos manecillas de este se junten (esta se la debemos a mi hermano, que condensó en pocas palabras perfectamente este sentimiento).  Hoy es un día especial, no me preguntéis por qué.

¿A qué viene toda esta reflexión? A que en este viaje tuve varios momentos en los que mi realidad chocó con el presente creando un recuerdo grabado a fuego en mi memoria.

Pero recapitulemos. La mañana empezó con un desayuno copioso y suculento, ya que necesitaríamos energía para lo que nos esperaría a continuación. Cogimos todos nuestros bártulos y nos montamos en el Suzuki Vitara, dejando atrás el hotel.

Nuestra primera parada no quedaba lejos, a unos quince minutos de donde comenzó nuestra ruta, y es que aparcamos donde comienza la ruta que lleva al famoso avión militar estadounidense caído en la costa sur de Islandia. Había habilitado un parking, donde dejamos el coche. Una vez preparados para una horita y media de ruta llana por lo que parecía un desierto de arena negra, pudimos encontrar los restos del pájaro metálico. Su historia es del año 1973, en plena Guerra Fría entre EEUU y la URSS, y afortunadamente, se saldó sin incidentes. Desde entonces, lo que queda de este aterrizaje forzoso descansa allí donde cayó. La única pega es que durante toda la ruta nos llovió a cántaros, y encima el frío que teníamos se multiplicó por el viento que cobraba fuerza por momentos.

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Restos del avión Douglas DC-3 (vía Jesús Sánchez)

No sé si anteriormente lo he dicho, seguramente sí… ¡los seguros de los vehículos alquilados no cubren las puertas arrancadas por el viento! Así que imaginad con qué frecuencia debe de darse este hecho… tened precaución, que quién avisa no es traidor.

Bueno, pues eso, yo creo que sufrimos principio de hipotermia debido al hecho de acabar empapados (¡hasta los calzoncillos!). Llegamos de nuevo al parking y nos metimos empapados en el coche. Nos cambiamos como pudimos y nos pusimos ropa seca.  No sabéis cómo nos podían llegar a picar las piernas, ¡era horrible!

Después de conducir poco más de una hora, llegamos a nuestro siguiente destino: la bahía de la playa de Vik. Cuando dicen que Islandia es un paraíso de fotógrafos, es cierto. Lugares abiertos, con la belleza minimalista de su paisaje, las montañas verdes, la arena negra…, y también las ovejas, que pasaron a llamarse chinchetas: su habilidad de pastar apaciblemente en una ladera de 90º grados respecto al suelo, es espectacular, ¡parecía que estaban clavadas!

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Reynisdrangar y sus piedras hexagonales (vía Jesús Sánchez

Una vez llegamos a la playas negras del sur de Islandia, las sorpresas y mitos continuaron. Existe una leyenda en esta playa en concreto. Hay tres rocas enormes y escarpadas en medio del mar. Según la mitología nórdica, estas son tres, y representan a tres trolls, que fueron convertidos en piedra por la luz del sol. Las tres criaturas intentaron secuestrar la mercancía a bordo de un barco cercano, pero no sabían que la tarea se les complicaría de tal manera que les sorprendería el amanecer dentro del mar. Estos se llamaban Skessudrangur, Laddrangur y Langhamar.

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Trolls Reynisdrangur (vía JS)

A parte de esta curiosa historia, las vistas son impresionantes, y las piedras basálticas con forma hexagonal son dignas de mención. Además, la furia del mar del norte impone bastante respeto, así que yo que vosotros no me acercaría mucho a la orilla, ¡por si acaso!

Comimos cerca de Reynisdrangar, que es como se llama esta zona (el salmón está buenísimo, por favor, si vas a esta isla, no dejes de probarlo a la mínima posibilidad), y continuamos con nuestro camino, ya que esa misma noche dormiríamos en cerca de Höfn, un pueblo al este de la isla. Antes paseamos brevemente por Vik, y vimos desde lejos la iglesia en lo alto de la colina tan famosa, blanca con el tejado de un color rojo brillante.

Además del viaje de tres horas en los que atravesamos campos de piedras musgosas y numerosas cascadas, creo que lo que menos hay alrededor de la N-1 son viviendas o cualquier construcción del ser humano, y eso impacta (a la vez que se agradece).

A última hora de la tarde es cuando pudimos observar por primera vez Vatnajökull. Aquí es cuando sentí como se erizaban los pelos de mi piel. Era la principal razón del viaje, y creo que seguirá siéndolo en todos los sentidos. Lo que en un principio parecían nubes bajas que no dejaban que viéramos el pie de las montañas, resulto ser hielo. Hielo devoraba montañas a su paso. Las cubría desde su base, y solo dejaba que sobresalieran las cimas. De un color blanco azulado, las lenguas del glaciar eran de tal magnitud que parecían abrir la tierra y hundirse hasta lo más hondo. Mientras conducía, no podía dejar de apartar la vista del frente. Una vez más cerca, parecía que las lenguas del glaciar estuvieran dentadas dejando a la vista su lado más salvaje y posiblemente, menos transitable. Fue tal el asombro que por unos momentos dejamos de hablar para contemplar el espectáculo de manera solemne.

Pero hoy no pararíamos aquí. Eso sería al día siguiente. Rodeamos el glaciar, dirección este, pasando sin parar por Skaftafell, porque nos quedaban pocos momentos de luz y aún teníamos otra parada que realizar antes de llegar a nuestro destino.

Continuamos por media hora más en el Suzuki, siempre con Vatnajökull a la izquierda, hasta llegar a la laguna del glaciar, que se llamaba Jökullsarlon, donde desemboca una de las lenguas y se derriten los trozos de hielo de este, con el mar por destino. Aún así son grandes icebergs y un lugar en el que a partir de septiembre es común ver focas (que tuvimos el placer de observar en su hábitat natural) porque es un lugar en el que abundan peces y comida. Creo que la esencia de la isla radica en este pequeño lugar (o al menos es mi recuerdo más vívido). Frío, transparente, recóndito, salvaje, azul, sobrecogedor, natural, mágico y grabado para siempre en mi memoria.

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Jökullsarlon (Vía Jesús Sánchez

No mucho más tarde nos anocheció, pero llegamos en 15 minutos al hotel que sería nuestra casa por dos noches. El hotel Smyrlabjörg, donde creo que hemos desayunado mejor en todo el viaje (y posiblemente de muchos años) con su buffet libre. Hay que decir que esta parte de la isla es más cara que el resto, así que cuidado con el bolsillo.

¡Por ahora, esto es todo! Muchas gracias por tu tiempo, amig@. ¡Espero que te haya gustado y por favor, no dejes de compartirlo! Si quieres saber alguna cosa más de este país tan insólito, solo tienes que dejarlo en los comentarios o preguntarme por correo. ¡Mil gracias y un saludo!

 

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Acerca de vchechublog

Documentalista perdido de la mano de Dios y soñador de grandes viajes con los que disfrutar en esta corta vida.
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