VIAJAR A ISLANDIA: DÍA 3. CATARATAS Y MÁS CATARATAS

Amanecimos temprano, desayunamos café con unas galletas de vainilla riquísimas. Hoy dejábamos el apartamento de Reikiavik para emigrar al sur de la isla. El objetivo principal estaba claro: visitar las cascadas de camino a Vik (y creedme que son bastante numerosas y no por ello menos espectaculares), a saber Seljalandsfoss, Skógafoss, Gljufrafoss y otras que no pusimos nombre (a una incluso la llamamos Paulafoss, no preguntéis el porqué).

Bien, cuando dicen que lleves el depósito de gasolina bien cargado durante estos viajes, haced caso: no hay gasolineras en cientos de kilómetros. Solamente llanuras extensas, de un color verde intenso o de arenas negras… y ovejas. Muchas ovejas. En el campo, en las granjas, en las laderas de las montañas… incluso en las carreteras ¡Por todos los lados! Y no tienen nada que ver con las ovejas que conocéis. Son enormes bolas de lana.

A parte de esto, los paisajes alrededor de la carretera son tan abiertos que son sobrecogedores. Apenas nos cruzamos coches en nuestro camino rumbo al sur. Es como si toda la isla estuviera vacía (a excepción de nuestras amigas lanudas andantes).

La primera de nuestras paradas fue Seljalandsfoss. Antes de estar llegando al parking esta catarata es visible desde la carretera. El caudal proviene del río Seljalandsá, y lo primero que piensas es que es increíble como el agua cae al vacío desde unos 60 metros de altura. Hace muchísimos años, esto era una vertiente al océano, pero hoy en día marca el límite entre las Tierras Altas de Islandia y el resto del país. La caída del agua se puede ver en sus 360º grados, ya que tiene una camino posterior y se puede ver desde el ángulo de la caída, por detrás de la cascada.

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Seljalandsfoss (vía Jesús Sánchez)

¡AVISO! Si tienes pensado ver cascadas y estar cerca del agua, por favor lleva ropa impermeable si no quieres acabar empapado.

Cerca de la primera tuvimos la suerte de andar un poco más alrededor y encontrar por sorpresa la segunda parada de nuestra ruta de este tercer día: Gljufrafoss. Seguimos el camino que se desvía a la izquierda de Seljalandfoss y pasando dos pequeños riachuelos, hay una cueva a la derecha de la ruta que hemos seguido. La entrada de la cueva estaba anegada de agua, al menos cuando nosotros la visitamos. La cascada se esconde en una cámara rocosa detrás de un gran acantilado, llamado Franskanef o la nariz francesa.

Aprovechamos para hacer una parada técnica, hacer la comida en el camping gas y tomarnos un café (que nunca os falte un buen termo en estos viajes, amigos). Una vez hecho, avanzamos hacia Skógafoss, nuestra última parada del día antes de recogernos en el nuevo hotel en el que nos hospedaríamos.

Skógafoss. La catarata más caudalosa de toda Islandia. El rugido del agua al caer y la bruma que levanta a su alrededor, formando incluso un pequeño arcoíris si la luz del sol acompaña. Es un lugar maravilloso y digno de contemplar durante horas. En el lado oriental de la cascada, unas escaleras ascienden hasta las Tierras Altas y allí (además de unas vistas espectaculares de la cascada desde arriba), comienza un sendero para excursionismo lleva hasta el paso Fimmvörðuháls entre los glaciares Eyjafjallajökull y Mýrdalsjökull.

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Skógafoss (vía Jesús Sánchez)

Los paisajes son extremadamente diferentes. Verdes en algunas ocasiones, enormes extensiones desérticas en otras… pero lo que escasea en la isla son los árboles. Cuenta la leyenda que los vikingos acabaron con todos estos para construir viviendas, barcos, como combustión para encender fuegos en tierras tan inhóspitas. Quién sabe si fue así, pero lo cierto es que la isla no tenía árboles hasta que su gobierno decidió repoblarla. Hasta entonces, los únicos bosques que había en la isla eran de matorrales. A estos se le llamaban “bosques islandeses”. En el próximo post os contaré un dicho respecto a estos últimos.

Ahora, dejadme contaros que fuimos al Welcome Hotel Lambafell como última parada, y es donde pasaríamos la noche. Emula a una gran cabaña y está ubicado en una zona espectacular en todos los sentidos… prácticamente en medio de la nada. Si tenéis suerte es un buen lugar para ver las auroras boreales, si la noche está despejada, y qué mejor que hacerlo desde su jacuzzi de agua geotérmica. De Islandia, sin duda fue el hotel que más nos gustó. Además, si te gusta el senderismo, cerca se encuentra Seljavallalaug, una piscina geotérmica al aire libre de uso gratuito, se encuentra a 20 minutos a pie.

Y eso fue todo por el día 3, amigos. Bajo mi punto de vista, cuanto más nos acercábamos al sureste de la isla, más maravillosa me parecía esta. Creo que es un viaje que no olvidaré en la vida, ¡pero os cuento más en el próximo post! ¡Un abrazo amig@s!

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VIAJAR A ISLANDIA: DÍA 2. CÍRCULO DORADO Y CRÁTER DE KERID

El segundo día de este maravilloso viaje lo dedicamos a descubrir el famoso Círculo Dorado que se encuentra cerca de la capital islandesa, Reikiavik. Este consta de los tres siguientes elementos: el parque nacional de Þingvellir, el área geotérmica de Geysir y la enorme cascada de Gullfoss como colofón a esta excursión tan impresionante.

Amanecimos a las 08:00 AM, en el apartamento, la luz del sol se colaba entre las cortinas oscuras (si no lo he comentado antes, los nórdicos no incluyen persianas en su casa, no lo consideran tan necesario como recibir la poca luz de sol que tienen disponible) y nos esperaba un nuevo día: no había tiempo que perder. Nos tomamos un buen café acompañado de unas galletas que estaban deliciosas, ¡no me preguntéis sobre ellas porque no recuerdo el nombre, solo sé que eran de vainilla! Maldita memoria… Y enseguida nos pusimos en marcha.

  1. El parque nacional de Þingvellir es la primera parada:

    Parque nacional de Þingvellir (vía Jesús Sánchez)

    un conjunto de características geológicas únicas con una fuerte carga socio-cultural, ya que los primeros pueblos vikingos se reunían y hacían vida social en este lugar. Se encontraban entre dos paredes rocosas verticales que hacían las veces de murallas naturales que les protegían en cierto modo de ataques externos. Fue el primer parlamento oficial de toda Islandia. También se hallaba cerca la residencia de verano del primer ministro islandés. Una vez vimos este pequeño tramo histórico-social de la isla, tocaba poner rumbo a Geysir, pero no sin antes hacer constar que la carretera que lleva a este segundo destino a través de este parque nacional tiene un paisaje único y espectacular, destacando las formas rocosas, el color de la tierra y la vegetación tan característica del lugar.

  2. Como podéis imaginar, Geysir es lo que en castellano conocemos como géiser. 

    Geysir (vía Jesús Sánchez)

    El agua alrededor borbotea debido a las altas temperaturas que alcanza en el interior de la tierra, y cada diez o quince minutos estalla dejando paso a una columna de vapor y agua que asciende unos 18 – 20 metros en vertical, y esto combinado con la luz diurna nos regaló la maravillosa ilusión de formar un pequeño arcoíris durante unos segundos. Cuentan que en la antigüedad hubo un géiser cercano al actual que estallaba con tanta fuerza que la columna de agua que expulsaba llegaba hasta el cielo (evitando las exageraciones de los antiguos, unos 160 – 180 metros de alto), pero gracias a la “prodigiosa” mano del hombre, se enterró esta maravillosa leyenda que hoy ya no existe (en qué momento, señor, en qué momento se nos ocurrió tapar esta maravilla de la naturaleza). En fin, dejando a parte las burradas de los seres humanos y su manía de destrozar todo lo que toca, cogimos el coche rumbo a la última parada obligada del día.

  3. Gullfoss: la primera cascada de nuestro viaje ¡Qué nervios! Aparcamos y cuando bajamos, la humedad era palpable en el ambiente… ¿Y sabéis que es lo primero que hicimos tras aparcar? Sacar el camping gas y cocinar unas sopas, que el hambre apretaba (y teníamos que probar de cuán potente era el cacharro para resistir el frío. Como el caldo entró bien y calentó el cuerpo… (nota mental: comer a 4 grados centígrados a la intemperie hace que la sopa se enfríe en cinco segundos, cuidado), le dimos el aprobado al cachivache. Una vez terminada la pausa, nos asomamos al borde del acantilado, ¡y qué espectáculo! tres saltos daba el río, caudaloso como él solo, el último de ellos caía en una grieta sin fondo (dejadme exagerar un poquito, por favor) que se hace más profunda año tras año. El agua avanzaba brava y y con rapidez, rebosando espuma  liberando una niebla húmeda que se dibujaba en el ambiente dotando al lugar de un encanto que todo el mundo debería de conocer. Lo malo es que es una de las cascadas más visitadas por turistas así que como os imagináis está lleno de personas haciendo selfies o viendo el agua caer.

Cataratas Gullfoss (vía Jesús Sánchez)

Cuando terminamos de ver Gullfoss, ya eran las cinco de la tarde y claro, aún nos sobraban un par de horas hasta que anocheciera por completo. Mirando en el mapa, vimos que cerca de nosotros, de camino de vuelta a Reikiavik, había una catarata increíble llamada Selfoss así que decidimos ir a visitarla.

Tras 40 minutos, llegamos al lugar, que resultó ser un desastre… ¡Era un pueblo, no una catarata! ¿Cómo diablos se les ocurre poner el nombre de una catarata a un pueblo? Y sí, la catarata existe, pero en la otra punta de la isla. Epic fail.

Cráter Kerid (vía Jesús Sánchez)

Pero tranquilos, en mi equipo de viajer@s contaba con mentes maravillosas y espontáneas. Entre ellas, Nerea, buena amiga y en breves colaboradora del blog, encontró un cráter imponente a unos diez minutos de donde nos encontrábamos. El lugar se llamaba Kerið, y las vistas desde la cima eran de lo más peculiar. La tierra tenía distintos colores, entre los que más destacaban el marrón y sorprendentemente, el rojo. A pesar de la opacidad del agua, es poco profundo, pero merece la pena visitarlo. A veces, la improvisación es esencial para que los viajes sean únicos. Pagas 400Isk (3€) por persona, pero nos sorprendió gratamente.

Tras esto, y viendo que anochecería pronto, volvimos sobre nuestros pasos y regresamos al apartamento de Reikiavik, con la convicción de que esto solo era el principio de algo más grande.

 

<Día 1

 

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VIAJAR A ISLANDIA: 1 DÍA.

Aún estoy asimilándolo y no creo que sea plenamente consciente hasta que pasen los días. Estoy escribiendo esto en la cola de facturación  del avión que me llevará de regreso a Madrid. Sí, estoy fuera, en Keflavik, aeropuerto low cost de Islandia: la tierra del hielo y del fuego. Acabo de pasar siete días en la isla, y sigo pensando que ha sido uno de los grandes viajes de mi vida.

Todo comenzó con la alocada idea de querer cruzar el charco de nuevo. Resultó ser un plan frustrado debido al sargazo (estas algas que han aflorado últimamente en las costas de Riviera Maya y varias playas caribeñas). Sin embargo, en mi cabeza había otro destino rondándome la cabeza desde hace tiempo. Un destino mucho más frío , más salvaje y más nórdico: Islandia.

Siempre me ha atraído esta cultura, mucho menos conservada (muy a nuestro pesar) que otras, como la latina o la griega… pero con elementos igual de extraordinarios, increíbles e incluso más atractivos debido también al misterio que suscitan.

Dicho esto, crucé el Atlántico, sí, pero en otra dirección: el norte.

He de avisar de que los horarios frecuentes desde Madrid hacia Keflavik son a altas horas de la madrugada (cosa que querrás evitar, pero créeme que no te importará cuando veas el resultado de tu visita a este país). Aterrizamos a la 01:00 AM de la mañana. El sueño se palpaba en el ambiente, pero antes había que recoger el 4×4 en el que nos moveríamos por todo el sur de la isla.

¡INCISO! Si contrataste un seguro en la península para este coche, lo mejor que puedes hacer es tener una tarjeta de crédito (sí, crédito, no débito o prepago) como seguro de que podrás pagar cualquier estropicio o accidente que puedas tener. Si no la llevas, te clavaran y tendrás que pagar su propio seguro de cobertura para el coche. Así que si no queréis una sorpresa (o sorpasso) desagradable en la cuenta, ¡id con tarjeta de crédito!

Viajero del Sol (vía Jesús Sánchez)

Bueno, seguimos con nuestro recorrido. Nos ofrecieron un Suzuki Vitara (previamente avisados de que el seguro no cubría si el viento nos arrancaba las puertas de cuajo, si se abollaba el techo o si los bajos del coche sufrían daños… *y era seguro premium, según decían amigos*) con el que recorreríamos todo el sur de la isla.

Llegamos al hotel situado en Asbrú (a unos 10 minutos del aeropuerto) a las 2:30 AM. Antes de acostarnos, creo que vi el cielo más iluminado por estrellas que he visto en mi vida, la contaminación lumínica era escasa y estaba despejadísimo. Caímos rendidos después de todo el día danzando. Y hasta aquí el día 0.

El día 1 comienza con el desayuno en Asbrú, que estaba incluido en el precio del hotel, pero no era nada del otro mundo. Aquí solo pasaríamos esta noche, la siguiente parada estaba en Reikiavik, que sería un apartamento. Recogimos de nuevo todos los bártulos y nos pusimos en camino.

Nuestra primera parada de otras tantas fue un lugar donde las placas tectónicas de Europa y América se juntan, Miðlína (o puente entre América y Europa). La tierra es curiosamente negra, debido a su origen volcánico y podemos ver con claridad donde se fragmenta la tierra en las dos placas. Dicen que cada dos años se separan unos 10 cm.

La siguiente de nuestras paradas fue

Krýsuvík (vía Jesús Sánchez)

Krýsuvík, una de las zonas con mayor temperatura del país, cosa que queda bastante clara si contamos con los manantiales de agua y azufre que afloran hirviendo desde las entrañas de la tierra. Se puede recorrer a través de senderos y plataformas de madera. Que no os eche para atrás el intenso olor a huevo podrido que proviene del azufre, ¡la visita merecerá la pena! 

La última visita de la mañana fue al Blue Lagoon o Bláa lónið, y creo que es la primera vez que veo un azul cián tan intenso como el que vemos en el cielo. El contraste entre las rocas negras y un color tan inusual como el que tenía este lago, junto al vapor que emanaba del agua caliente te deja sin palabras. Una imagen vale más que mil palabras, así que por aquí os dejo una foto que lo corrobora.

Edificio Harpa, que alberga todo tipo de conferencias y conciertos (vía Jesús Sánchez)

Al mediodía nos instalamos en el apartamento en el que estaríamos por dos días en Reikiavik. Una vez comidos y tomado el café de rigor, nos acercamos por la tarde al centro de la ciudad. Algunos datos objetivos son los siguientes: su población es de 121.960 habitantes (2015), 1 un tercio de la del país. Es una de las ciudades más limpias, verdes y seguras del mundo. Las casas son coloridas, como sacadas de cuento (a decir verdad, eran como pequeñas tiendas de IKEA. Todo tan nórdico y simple, tan elegante…). Algo que me impresionó es que las fachadas eran de chapa, ventanas grandes y sin cortinas. La intimidad dentro de las casas es asombrosamente escasa, ¡no piensan que nadie vaya a curiosear!

Hallgrímskirkja (vía Jesús Sánchez)

Visitamos la Hallgrímskirkja, imponente iglesia luterana y de singular arquitectura, recordando a las estructuras de las rocas que parecen columnas hexagonales que son tan características de la playa de Vik o de la cascada de Svartifoss. También aprovechamos para ver el Viajero del Sol (una especie de representación de una nave vikinga) y el Harpa. Este último es un edificio moderno que alberga la mayoría de conciertos y conferencias de cierta importancia que se den en la capital, y la verdad que es bastante llamativo.

Finalmente, el primer día terminó en el apartamento, pensando que esto solo era el principio de uno de los grandes viajes que haré en esta corta vida.

 

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