CORONAVIRUS: CONTAMINACIÓN Y CAMBIO CLIMÁTICO DURANTE EL ESTADO DE ALARMA

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Metrópolis (vía Jesús Sánchez)

¡Muy buenas tardes amig@s! Hoy no vengo a contaros ninguna historia de viajes, ni anécdotas, ni consejos… Hoy estoy encerrado. Estamos encerrados. Ah, y en estado declarado de alarma en toda España, al menos durante 30 días desde el día 13 de marzo. Sí compañer@s, hace ocho días que estoy dentro de mi apartamento (a excepción de esas actividades en el que la necesidad superior, ya sea comprar o sacar la basura, me permiten salir a la calle). Durante estos momentos que estamos fuera, nos miramos con caras de circunstancia y no a menos de dos metros de distancia. A los que hacen la compra, al vecino que se asoma al marco de la puerta… todo el mundo se distancia más que nunca, un cambio radical en apenas en una semana. A pesar de esta nueva situación tan extrema y realmente crítica para nosotros, los humanos (aquí en España el último dato es de ayer, día 23 de marzo, y llegamos a los 39.673 contagiados y se registran ya 2.696 fallecidos), hoy no vengo a hablaros de las catastróficas consecuencias del coronavirus en nuestra salud (mucha fuerza para todas y todos aquellos afectados directa o indirectamente) o el contexto socioeconómico que esto está implicando. Vengo a hablar de la otra cara de la moneda: el medio ambiente y el cambio climático.

Siguiendo el patrón de China e Italia, con las medidas excepcionales y la proclamación del estado de alarma en nuestro país el viernes 13 de marzo, ha hecho que los niveles de contaminación caigan intensamente sobretodo en las grandes ciudades de España: Madrid y Barcelona. Desde el comienzo de estas medidas, el tráfico ha descendido alrededor de un 60% en las urbes (aclaremos que los combustibles fósiles que utilizan los automóviles para trasladarse, son los agentes más contaminantes y nocivos) y la calidad del aire mejoró a las pocas horas.

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Estadística proporcionada por Greenpeace

Durante la semana pasada en Madrid los valores medios de dióxido de nitrógeno no llegaron a alcanzar el 40% del límite fíjado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) y la Unión Europea. Esto se debe a la suspensión de las clases, teletrabajo y la reducción drástica con las medidas de contención dirigidas al uso del vehículo particular.

 

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Estadística proporcionada por Greenpeace

En Barcelona también se ha dejado notar el efecto de estas últimas acciones por parte del gobierno, superando con creces el objetivo marcado por los órganos administrativos competentes. El ejemplo más claro del parón de producción, desplazamiento y la consecuente mejora de la calidad del aire durante estos meses ha sido China. Aquí os dejo las comparaciones que ha realizado la NASA desde una imagen satélite antes y después de que el país asiático se paralizara al completo.

 

A pesar de todos estos datos positivos en lo referente al cambio climático, no deberíamos relajarnos y tener cuidado con un posible efecto rebote. Lo más importante de momento es cumplir con las medidas de contención, debemos evitar la propagación de la pandemia y evitar que nuestro sistema sanitario termine por colapsar (de hecho, se encuentra muy cerca de este límite). Esta situación se podría analizar detenidamente y sacar conclusiones muy relevantes de cara al futuro de nuestro medioambiente, una vez haya pasado la crisis sanitaria a la que nos enfrentamos.

¿Vosotros que opináis sobre estos datos? ¿Además, cuál es vuestro parecer sobre la situación actual del coronavirus?

INFOGRAFÍA

 

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VIAJAR A ISLANDIA: DÍA 4. LA PRIMERA VEZ QUE VI UN GLACIAR

¿Alguna vez habéis sentido la sensación de estar en el lugar y el momento adecuado? Parece que esas líneas paralelas que forman el presente y la realidad personal en la que vives se juntan durante un mínimo instante y, sorpresa: un escalofrío, piel erizada, te sientes más vivo que nunca. Si pudiéramos explicarlo con una metáfora, sería la siguiente: es aquel momento en el que el reloj marca las doce o el lugar donde las dos manecillas de este se junten (esta se la debemos a mi hermano, que condensó en pocas palabras perfectamente este sentimiento).  Hoy es un día especial, no me preguntéis por qué.

¿A qué viene toda esta reflexión? A que en este viaje tuve varios momentos en los que mi realidad chocó con el presente creando un recuerdo grabado a fuego en mi memoria.

Pero recapitulemos. La mañana empezó con un desayuno copioso y suculento, ya que necesitaríamos energía para lo que nos esperaría a continuación. Cogimos todos nuestros bártulos y nos montamos en el Suzuki Vitara, dejando atrás el hotel.

Nuestra primera parada no quedaba lejos, a unos quince minutos de donde comenzó nuestra ruta, y es que aparcamos donde comienza la ruta que lleva al famoso avión militar estadounidense caído en la costa sur de Islandia. Había habilitado un parking, donde dejamos el coche. Una vez preparados para una horita y media de ruta llana por lo que parecía un desierto de arena negra, pudimos encontrar los restos del pájaro metálico. Su historia es del año 1973, en plena Guerra Fría entre EEUU y la URSS, y afortunadamente, se saldó sin incidentes. Desde entonces, lo que queda de este aterrizaje forzoso descansa allí donde cayó. La única pega es que durante toda la ruta nos llovió a cántaros, y encima el frío que teníamos se multiplicó por el viento que cobraba fuerza por momentos.

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Restos del avión Douglas DC-3 (vía Jesús Sánchez)

No sé si anteriormente lo he dicho, seguramente sí… ¡los seguros de los vehículos alquilados no cubren las puertas arrancadas por el viento! Así que imaginad con qué frecuencia debe de darse este hecho… tened precaución, que quién avisa no es traidor.

Bueno, pues eso, yo creo que sufrimos principio de hipotermia debido al hecho de acabar empapados (¡hasta los calzoncillos!). Llegamos de nuevo al parking y nos metimos empapados en el coche. Nos cambiamos como pudimos y nos pusimos ropa seca.  No sabéis cómo nos podían llegar a picar las piernas, ¡era horrible!

Después de conducir poco más de una hora, llegamos a nuestro siguiente destino: la bahía de la playa de Vik. Cuando dicen que Islandia es un paraíso de fotógrafos, es cierto. Lugares abiertos, con la belleza minimalista de su paisaje, las montañas verdes, la arena negra…, y también las ovejas, que pasaron a llamarse chinchetas: su habilidad de pastar apaciblemente en una ladera de 90º grados respecto al suelo, es espectacular, ¡parecía que estaban clavadas!

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Reynisdrangar y sus piedras hexagonales (vía Jesús Sánchez

Una vez llegamos a la playas negras del sur de Islandia, las sorpresas y mitos continuaron. Existe una leyenda en esta playa en concreto. Hay tres rocas enormes y escarpadas en medio del mar. Según la mitología nórdica, estas son tres, y representan a tres trolls, que fueron convertidos en piedra por la luz del sol. Las tres criaturas intentaron secuestrar la mercancía a bordo de un barco cercano, pero no sabían que la tarea se les complicaría de tal manera que les sorprendería el amanecer dentro del mar. Estos se llamaban Skessudrangur, Laddrangur y Langhamar.

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Trolls Reynisdrangur (vía JS)

A parte de esta curiosa historia, las vistas son impresionantes, y las piedras basálticas con forma hexagonal son dignas de mención. Además, la furia del mar del norte impone bastante respeto, así que yo que vosotros no me acercaría mucho a la orilla, ¡por si acaso!

Comimos cerca de Reynisdrangar, que es como se llama esta zona (el salmón está buenísimo, por favor, si vas a esta isla, no dejes de probarlo a la mínima posibilidad), y continuamos con nuestro camino, ya que esa misma noche dormiríamos en cerca de Höfn, un pueblo al este de la isla. Antes paseamos brevemente por Vik, y vimos desde lejos la iglesia en lo alto de la colina tan famosa, blanca con el tejado de un color rojo brillante.

Además del viaje de tres horas en los que atravesamos campos de piedras musgosas y numerosas cascadas, creo que lo que menos hay alrededor de la N-1 son viviendas o cualquier construcción del ser humano, y eso impacta (a la vez que se agradece).

A última hora de la tarde es cuando pudimos observar por primera vez Vatnajökull. Aquí es cuando sentí como se erizaban los pelos de mi piel. Era la principal razón del viaje, y creo que seguirá siéndolo en todos los sentidos. Lo que en un principio parecían nubes bajas que no dejaban que viéramos el pie de las montañas, resulto ser hielo. Hielo devoraba montañas a su paso. Las cubría desde su base, y solo dejaba que sobresalieran las cimas. De un color blanco azulado, las lenguas del glaciar eran de tal magnitud que parecían abrir la tierra y hundirse hasta lo más hondo. Mientras conducía, no podía dejar de apartar la vista del frente. Una vez más cerca, parecía que las lenguas del glaciar estuvieran dentadas dejando a la vista su lado más salvaje y posiblemente, menos transitable. Fue tal el asombro que por unos momentos dejamos de hablar para contemplar el espectáculo de manera solemne.

Pero hoy no pararíamos aquí. Eso sería al día siguiente. Rodeamos el glaciar, dirección este, pasando sin parar por Skaftafell, porque nos quedaban pocos momentos de luz y aún teníamos otra parada que realizar antes de llegar a nuestro destino.

Continuamos por media hora más en el Suzuki, siempre con Vatnajökull a la izquierda, hasta llegar a la laguna del glaciar, que se llamaba Jökullsarlon, donde desemboca una de las lenguas y se derriten los trozos de hielo de este, con el mar por destino. Aún así son grandes icebergs y un lugar en el que a partir de septiembre es común ver focas (que tuvimos el placer de observar en su hábitat natural) porque es un lugar en el que abundan peces y comida. Creo que la esencia de la isla radica en este pequeño lugar (o al menos es mi recuerdo más vívido). Frío, transparente, recóndito, salvaje, azul, sobrecogedor, natural, mágico y grabado para siempre en mi memoria.

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Jökullsarlon (Vía Jesús Sánchez

No mucho más tarde nos anocheció, pero llegamos en 15 minutos al hotel que sería nuestra casa por dos noches. El hotel Smyrlabjörg, donde creo que hemos desayunado mejor en todo el viaje (y posiblemente de muchos años) con su buffet libre. Hay que decir que esta parte de la isla es más cara que el resto, así que cuidado con el bolsillo.

¡Por ahora, esto es todo! Muchas gracias por tu tiempo, amig@. ¡Espero que te haya gustado y por favor, no dejes de compartirlo! Si quieres saber alguna cosa más de este país tan insólito, solo tienes que dejarlo en los comentarios o preguntarme por correo. ¡Mil gracias y un saludo!

 

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VIAJAR A ISLANDIA: DÍA 3. CATARATAS Y MÁS CATARATAS

Amanecimos temprano, desayunamos café con unas galletas de vainilla riquísimas. Hoy dejábamos el apartamento de Reikiavik para emigrar al sur de la isla. El objetivo principal estaba claro: visitar las cascadas de camino a Vik (y creedme que son bastante numerosas y no por ello menos espectaculares), a saber Seljalandsfoss, Skógafoss, Gljufrafoss y otras que no pusimos nombre (a una incluso la llamamos Paulafoss, no preguntéis el porqué).

Bien, cuando dicen que lleves el depósito de gasolina bien cargado durante estos viajes, haced caso: no hay gasolineras en cientos de kilómetros. Solamente llanuras extensas, de un color verde intenso o de arenas negras… y ovejas. Muchas ovejas. En el campo, en las granjas, en las laderas de las montañas… incluso en las carreteras ¡Por todos los lados! Y no tienen nada que ver con las ovejas que conocéis. Son enormes bolas de lana.

A parte de esto, los paisajes alrededor de la carretera son tan abiertos que son sobrecogedores. Apenas nos cruzamos coches en nuestro camino rumbo al sur. Es como si toda la isla estuviera vacía (a excepción de nuestras amigas lanudas andantes).

La primera de nuestras paradas fue Seljalandsfoss. Antes de estar llegando al parking esta catarata es visible desde la carretera. El caudal proviene del río Seljalandsá, y lo primero que piensas es que es increíble como el agua cae al vacío desde unos 60 metros de altura. Hace muchísimos años, esto era una vertiente al océano, pero hoy en día marca el límite entre las Tierras Altas de Islandia y el resto del país. La caída del agua se puede ver en sus 360º grados, ya que tiene una camino posterior y se puede ver desde el ángulo de la caída, por detrás de la cascada.

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Seljalandsfoss (vía Jesús Sánchez)

¡AVISO! Si tienes pensado ver cascadas y estar cerca del agua, por favor lleva ropa impermeable si no quieres acabar empapado.

Cerca de la primera tuvimos la suerte de andar un poco más alrededor y encontrar por sorpresa la segunda parada de nuestra ruta de este tercer día: Gljufrafoss. Seguimos el camino que se desvía a la izquierda de Seljalandfoss y pasando dos pequeños riachuelos, hay una cueva a la derecha de la ruta que hemos seguido. La entrada de la cueva estaba anegada de agua, al menos cuando nosotros la visitamos. La cascada se esconde en una cámara rocosa detrás de un gran acantilado, llamado Franskanef o la nariz francesa.

Aprovechamos para hacer una parada técnica, hacer la comida en el camping gas y tomarnos un café (que nunca os falte un buen termo en estos viajes, amigos). Una vez hecho, avanzamos hacia Skógafoss, nuestra última parada del día antes de recogernos en el nuevo hotel en el que nos hospedaríamos.

Skógafoss. La catarata más caudalosa de toda Islandia. El rugido del agua al caer y la bruma que levanta a su alrededor, formando incluso un pequeño arcoíris si la luz del sol acompaña. Es un lugar maravilloso y digno de contemplar durante horas. En el lado oriental de la cascada, unas escaleras ascienden hasta las Tierras Altas y allí (además de unas vistas espectaculares de la cascada desde arriba), comienza un sendero para excursionismo lleva hasta el paso Fimmvörðuháls entre los glaciares Eyjafjallajökull y Mýrdalsjökull.

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Skógafoss (vía Jesús Sánchez)

Los paisajes son extremadamente diferentes. Verdes en algunas ocasiones, enormes extensiones desérticas en otras… pero lo que escasea en la isla son los árboles. Cuenta la leyenda que los vikingos acabaron con todos estos para construir viviendas, barcos, como combustión para encender fuegos en tierras tan inhóspitas. Quién sabe si fue así, pero lo cierto es que la isla no tenía árboles hasta que su gobierno decidió repoblarla. Hasta entonces, los únicos bosques que había en la isla eran de matorrales. A estos se le llamaban “bosques islandeses”. En el próximo post os contaré un dicho respecto a estos últimos.

Ahora, dejadme contaros que fuimos al Welcome Hotel Lambafell como última parada, y es donde pasaríamos la noche. Emula a una gran cabaña y está ubicado en una zona espectacular en todos los sentidos… prácticamente en medio de la nada. Si tenéis suerte es un buen lugar para ver las auroras boreales, si la noche está despejada, y qué mejor que hacerlo desde su jacuzzi de agua geotérmica. De Islandia, sin duda fue el hotel que más nos gustó. Además, si te gusta el senderismo, cerca se encuentra Seljavallalaug, una piscina geotérmica al aire libre de uso gratuito, se encuentra a 20 minutos a pie.

Y eso fue todo por el día 3, amigos. Bajo mi punto de vista, cuanto más nos acercábamos al sureste de la isla, más maravillosa me parecía esta. Creo que es un viaje que no olvidaré en la vida, ¡pero os cuento más en el próximo post! ¡Un abrazo amig@s!

 

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